Cielo Marino.
Eran aquellos mis tiempos de oscuridad, sin rumbo alguno por purpúreos océanos, navegando en una antigua y desgastada, pero tan querida balsa, donde yo surcaba esos mares a diario, llegando al limite de lo que mis ojos divisaban de aquella playa de arenas rojas. Rosas al amanecer, carmesís al anochecer, del dulce y claro color puro al atrevido pasional, dominando poco a poco el frenesí del espíritu del ser, para teñir los granos livianos color sangre al caer la luz de la imperiosa Selene.
A mi me daba igual como quisiera el tiempo pintar sus ropajes, a mi lo único que me seguía interesando era el color de la mar, a la que yo brincaba despreocupadamente, remando desde los blancos puertos y bahías, imitando el vuelo de la ahora inexistente gaviota, en el cielo multicolor de esa eterna playa, donde el sol, el viento, las nubes, el rayo y la luna se debatían eternamente, día tras día, año tras año, desde hacia varios siglos por pintar los mares a su semejanza.
Pero al mar ya nada de esto le importaba; miraba con gran desolación hacia abajo, en el reflejo de sus lagrimas el “paraíso”, y lo único que le provocaba era una enorme tristeza y decepción.
Mas pasaron los años, y las luchas seguían, el océano seguía sin maestro alguno, y el corazón de la mar se fue ahogando lentamente en las secas lagrimas del despecho y el odio, creando muerte y destrucción a sus hijos, con oleajes rábicos y tifones frenéticos.
El mar estaba muerto.
Hacia ya años, ella no sentía las dulces y placidas ondas de la vida, del movimiento perpetuo de sus entrañas.
Ya nada importaba. No importaba ser verde, negro, rojo, naranja ni plateado, ya carecía de valor el ser claro transparente; era lo mismo ser un abismo o un espejo, a la mar no le interesaba siquiera ser el océano dorado donde Cronos se paseaba lamentándose, mientras un ser minúsculo baila y se pasea desnuda sin que el poder del titán la afecte.
El sacrificio del amor.
Lo que al mar solía interesarle era la vida, su color era lo mas insignificante de su naturaleza. La existencia que Neptuno le había robado en los tiempos de las primeras canciones, esa sensación de movimiento inquieto en su vientre, que se había convertido en todo un placer, era lo que a la mar tenia tan desolada.
De todo esto me daba yo cuenta cada vez que me zambullía en esas aguas tan pasionales, aquellas que temía y respetaba tanto, y que adoraba a cada instante de mi vida, cual amante hace tiempo perdida en el olvido.
Me vanagloriaba del fluir del océano, ya fuese cuando surcaba las pintas aguas, o cuando sentía la desilusión del desolado oleaje, nadando en el seno de la vida, percibiendo su carencia de sentido en su triste existencia presente.
La pobre que estaba destinada a nunca dejar de existir, no hasta que Febo, Lleu, Quetzalcóatl y Selene dejaran de batallar, hasta que todos murieran, o solo uno quedara en pie, para violar a la mar y pintar su aguas a semejanza y color del asesino vencedor.
Era irremediable y yo lo sabia. Neptuno se había ido con la promesa de volver, de regresar para seguirla amando. Mas nunca mas ella o yo supimos de él. Decía estar perdido, de morir a diario liberando al titán encadenado, al iluminado, de morir noblemente entre las cuchillas de sus hermanos dioses, de nunca haber encontrado su camino a través de la Vía Láctea.
Y yo ahí seguía, remando, haciendo estelas en esa mar inexistente, sin oleajes, sin vida. Sentía remar en las dunas desérticas de Arabia, en un vano intento de encontrar el corazón de mi amiga constante en una mitológica Atlántida.
Los cielos aun en la noche seguían cambiantes y a pesar de la oscuridad infernal que los rodeaba, el cielo parecía una maravilla de colores y luces, y ante los ojos ignorantes se podría decir que era la maravilla gloriosa de la parsimonia divina.
Para la mar era el gemido del gallo al morir bajo el hacha, antes de que la incertidumbre del insomnio la dominase.
Yo dejé de tocar puerto, ya fuese por la constante de las arenas de Cronos, que diario clareaban mis cabellos, alargaban mis huesos, hinchaban mis brazos, torso y piernas, fortalecían mi espíritu, a la vez que iba yo olvidando, o era porque el llanto de mi amiga constante me llamaba, como la caricia de un amor eterno alguna vez perdido?
Estrellas, galaxias y constelaciones se pintaban en mis ojos, la ruta de escape por la lluvia de luces se veía postrada ante mis ojos, mientras extrañado yo, seguía remando, haciendo espuma a la superficie del morado mar.
Desesperado y perdido no sabia que era ya parte de mis recuerdos y sentidos, y que era parte de ese monstruoso vigor que cada día iba dominando mi mente.
La ultima vez que pude saber que fue de mi, recuerdo haber saltado de la barca que hacia agua, hundiéndose bajo la mole de mi gigantesco cuerpo, y haber penetrado el seno de la mar cual flecha.
En esos momentos pude sentir la ira del océano, concentrándose en la mole de mi carne. Sentí el odio de un corazón despechado, al intentar desgarrar mis huesos, los fuertes golpes de furia contra mi ser. No entendí el porque de ese ataque, cuando yo libremente podía viajar por el alma de la titán azul, de Yemayá, haciendo la guerra ahora conmigo y no el amor como antes.
Desesperado seguí nadando, soportando el dolor de cada golpe de la que yo aun consideraba mi amiga, aunque las aguas se hubieran oscurecido conforme avanzaba.
Pensaba yo que era por la ira y el dolor que la agobiaban, mientras me acercaba yo a su corazón, una cueva escondida en sus entrañas, donde su sexo y latir se unían. Pero fue el momento en que mire hacia abajo, y vi reflejado en el cielo la oscuridad, comprendiendo al instante el porque habían cesado ya los ataques de Anfitrite hacia a mi. Los dioses habían cesado su batalla. Todos habrían muerto, y el negro del apestado Dios estiraba sus manos, conociendo la mar por la fuerza, mientras su manos penetraban las purpureas aguas, en busca de su sexo amor.
Nadé con mas prisa aun, hasta haber entrado ya yo a la caverna marina, sumida en oscuridad.
Pise con fuerza el suelo de esa cueva, estirando las manos en búsqueda de algo. Algo que sabia yo se debía de encontrar ahí, algo que había yo escondido hacia años en esa oscuridad. La ansiedad y la nostalgia me acosaron, mientras desesperadamente seguía yo tanteando el abismo oscuro de esa cueva.
Mi mano toco algo suave. Una mano tomo la mía. Y la colocó sobre un pecho firme y tierno. Bajo mi duro y anciano tacto sentí el latir de un corazón noble. Los rayos reflejados en sus ojos, a las afueras de la caverna, y las negras manos que se estiraban aun, con gestos bruscos, en busca de ese verdadero paraíso mío, dejaron de asustarme. Ahí estaba mi amada.
Juntos con nuestros sexos divinamente unidos, ambos cuerpos, y espíritus unidos, formamos el tridente.
La luz inundó el agua. Las oscuridad de Dios retrocedió, sus manos cayeron mutiladas a las profundidades. Un rayo surgió de nuestros mismos corazones enamorados mientras nos besábamos, tan solo para separarnos.
Subí al cielo.
La mar no tiene dueño, mas si un enamorado. Las aguas ahora están pintadas de un perpetuo azul, y el cielo nuevamente tiene color.
Aun en estos días me veo reflejado. Veo a Neptuno, veo a Poseidón, en los ojos de mi amante.
Es el sacrificio del amor, aquel que Cronos y yo alguna vez compartimos, al que ahora yo tengo el placer de conocer, mientras el titán aun contempla su único amor danzar por mares de trigo. Mientras día a día Yemayá y yo nos conocemos, al son de la nueva vida que ahora vive en nuestros mares.
Me doy cuenta que volví desde hacia mucho, que no estaba perdido, que en realidad había encontrado el camino de vuelta a la vida. Lo único que me faltaba era encontrarme a mi mismo.