Océano Dorado
Hacia ya unos años que ella sabia la verdad, mas nunca dijo nada, tal vez fuera por miedo, miedo a que las cosas cambiasen en unos minutos, por aquella incertidumbre que no la llenaba desde hacia uno tiempo.
Ella sabia que vivía ahí donde el tiempo no surgía, donde la muerte nunca acechaba, en aquel lugar donde el agua salía de la tierra y crecía del llanto de los niños, como una flor. Ahí donde no sabían que era un mar, un lago ni un océano, donde el viento era amigo del hombre y el trigo vestigio de un futuro inexistente, de lo vacio que seria el dorado para la pureza del honesto, de lo insignificante para el amigo, de lo irrelevante para el amante.
Allí donde ella vivía y pasaba noches y días buscando al viajero ciego, aquel que vino con la realidad de la vida, acompañado de un maletín de mágicos consejos, de extravagantes placeres, de momentáneas alegrías. Que trajo consigo el silencio del petirrojo alegre, portador de la vida de ese pedazo de cielo.
El cielo se nubló, solo para dejar un haz de luz cruzar su oscuridad, ahí en ese sendero blanco por donde el caminante hiciera camino, para nunca crear estelas en el mar inexistente, aquellos que en la noche brillaran por la honestidad de sus almas. Mas ella no los acompaño. Sabia el viajero volvería por ella antes del final. Se volvió y echó a andar.
Siguió caminando hasta que sus pies no pudieron dar un paso mas. Abrió los ojos y ahí estaba, el mar dorado, aquel que el viento mueve, aquel cuyas olas traen bellos recuerdos del hogar, aun cuando ella no había nunca conocido uno propio.
El sol se confundía en lo dorado de las espigas ciertas de la naturaleza, aquellas ramas que sobresalían ocasionalmente del orden único de la pradera de oro. El viento volvió a soplar.
El vestido carmesí le seguía pesando, y fue solo cuando percibió esa molestia, cuando volvió la mirada por única vez en la vida. Ahí estaban, los pétalos de rosa, rojos como la sangre, siguiéndola donde fuera, cada pétalo, bañado con una gota de cristalino rocío.
Las lagrimas de una pasión excesiva; ahí desde el punto mas lejano de su mundo, le venían siguiendo, dejando un rastro de donde fuera que ella estuviese. Mas ya nadie en esa tierra habría de saber a donde llevara ese camino de ternura. El estaba donde ella jamás habría de llegar.
Una única lagrima de dolor, de arrepentimiento rodó por su tersa piel, y bajo por su cuello hasta llegar a su pecho. La fría sensación del abandono y la Soledad ahí estaban.
Cayó en cuenta de su desnudez solo cuando pasó el ultimo soplo de viento por el mar dorado. Siguió caminando con la mirada fija en el horizonte, en el ardiente mediodía, caminando de frente hacia aquel océano de ensueño. Tras de si, de su pecho y su vientre, con cada paso, caía un nuevo pétalo, marcando su camino de soledad. Cuando el oleaje ya superaba su cintura, y las espigas tocaban su sexo gentilmente, aun ahí pudo sentir su gentil toque, el de aquel que se habría ido una dulce tarde de verano, y había regresado nunca en una noche de tormenta; ahí estaban el y ella, una ultima vez amándose en aquel paraíso impensable.
Los petirrojos volvieron a trinar. El atardecer llegaba. Mas el tiempo se detuvo, paró su acelerado paso, para regocijarse del sentimiento de libertad de aquel mortal, aquel que desnudo se paseaba por las praderas y campos de trigo.
El ciego anciano Cronos siguió su camino entonces, sin necesidad de los espejos de un alma, de ojos ficticios o reales para saber que ella aun estaba ahí, a pesar de cuantos años hubieran pasado, de cuantas catástrofes y muertes el hubiera visto, ella seguía ahí. Seguía esperándolo, seguía amándolo.